Estudiar TeI en la Universidad de Granada (I)

El Palacio de las Columnas

Hoy vengo con una entrada de temática más general, pero enfocada sobre todo a los futuros estudiantes de Traducción e Interpretación y a los ex alumnos de la facultad de TeI en Granada que tengan ganas de sentir un poco de morriña. Lo dividiré en varias entradas que iré intercalando durante el verano con otras de temática más específica.

Quiero hablaros de mi experiencia personal como estudiante de la Universidad de Granada y de la facultad de TeI, de los pros y los contras y de qué se pueden encontrar los futuros alumnos al llegar. Sin olvidar, por supuesto, que todo lo que yo diga puede variar con los años, ya que el personal puede no ser el mismo, la zona puede sufrir cambios urbanísticos e incluso puede que la facultad deje de estar en el mismo edificio.

Hablando de edificios de la facultad, existen dos edificios principales: el Palacio de las Columnas y el Edificio de Buensuceso. El primero es al que todos cogemos más cariño, cómo es lógico, porque es donde pasamos el 80% de nuestra vida universitaria. Vale, sí, igual exagero, pero no os engaño si os digo que vais a pasar gran parte de los días en la facultad, ya sea para hacer trabajos en grupos, esperando a entrar a clase, porque es céntrico y no hay lugar mejor donde encontrarse, porque ya estabais allí y os quedasteis, porque en el patio da un solecito que invita a echar siestas, etc.

La antigüedad del Palacio de las Columnas le otorga un encanto que creo que llama la atención a todo estudiante de TeI novel que llega por primera vez a echar la preinscripción. Aun con las diferencias obvias de arquitectura, creo que todo friki de Harry Potter que entra por primera vez no puede evitar pensar “voy a estudiar en Hogwarts”.

El edificio nos recibe con sus grandes columnas y con un hall de techos altos desde el que se puede apreciar la vista al patio central. A la izquierda, conserjería, y a la derecha, unas escaleras que suben a algunas aulas y otras que bajan a donde supuestamente debería haber una cafetería: es más, alguien quiso reírse de la desgracia ajena poniendo un cartel que dice “cafetería”.  Juegan con los sentimientos de los pobres estudiantes que, ilusionados, bajan y se encuentran con una máquina expendedora de comida (del Mercadona principalmente) y una máquina de café que si te da un café a cambio de tu moneda es que has tenido mucha suerte. Durante mi generación, y muchas otras, la antigua cafetería De chocolate, hacía las veces de cafetería de la facultad, pero dejó de existir, así que la gente se ha repartido entre el Sancho, el Tren y La Casita del Pan.

En realidad, a lo que llaman cafetería en nuestra facultad es lo que el populacho conocemos como las mazmorras, y quien las haya visto o las vaya a ver entenderá por qué. Las mazmorras es el punto de encuentro fundamental para hacer trabajos, comer, hacer vida social con gente desconocida, abordar a profesores que pasan por allí, hacer todo el ruido que no te dejan hacer en la biblioteca, observar psicopáticamente a los nuevos alumnos y comentar “míralos, como nosotros en primero, oooh”, esperar durante una hora a que la de la fotocopiadora vuelva en supuestamente cinco minutos, llamar a la puerta de la sala de ordenadores con la esperanza de que alguien de dentro te abra, o sentarse sobre el pozo de los difuntos. El pozo de los difuntos, para quien no lo conozca, está en frente de la fotocopiadora y es un pozo dentro de un nicho que han tapado con una tabla de madera. Antes servía para que los profesores arrojasen los cadáveres de otros profesores y alumnos, según cuenta la leyenda surgida en cierta clase de Lengua Española I del año 2008, pero ahora sólo cumple la función de incómodo asiento.

Desde las mazmorras hay acceso a la biblioteca, donde el 70% de los alumnos miran Facebook en silencio, otro 20% cree estar estudiando y otro 10% estudia de verdad. Hay acceso también al patio, lugar ideal para celebrar cumpleaños brevemente entre clase y clase, ya sea el tuyo propio, el de amigos o el de un desconocido que pasa por allí.

Y, por último, en la planta superior es donde estudian los resignados que no encontraron sitio en el para nada distractor ambiente de las mazmorras. También están aquellas aulas donde el techo es más proclive a caerse sobre los alumnos, literalmente, así como los despachos de los profesores de lenguas.

Esto es, grosso modo, lo que un edificio que ha servido durante siglos para diferentes funciones, ofrece hoy en día a los alumnos de Traducción e Interpretación que, desde luego, aprovechan al máximo las dependencias de una facultad de arquitectura preciosa, aunque con alarmas que suenan a horas intempestiva y con techos de dudosa estabilidad. Sin embargo, creo que ninguno de los que ya nos hemos ido de allí cambiaría la experiencia entre sus paredes.

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