El Traductor Jurado y la confianza en el cliente

Si bien los traductores de cualquier rama siempre van a buscar la solución más adecuada para los problemas de traducción que se presentan en el texto a traducir, el asunto adquiere un matiz un poco más delicado cuando se trata de los traductores jurados.

El traductor jurado, por la naturaleza de su nombramiento, en cada traducción debe certificar que lo que traduce es fiel al contenido del documento original, y por lo tanto responderá legalmente en caso de ocurrir cualquier percance asociado a la traducción.

Esto, para bien o para mal, nos obliga a tener especial cuidado con lo que ponemos y no ponemos en la traducción y sobre todo con cómo lo ponemos.

A final de la semana pasada, recibí un documento bancario redactado en lengua inglesa que provenía de un país no anglófono para su traducción jurada al español. Antes de irse, la persona que me entregó la traducción en nombre del cliente, me especificó qué quería decir un término que aparecía en el texto, ya que por su redacción inexacta en inglés, el significado podía quedar ambiguo.

En ese momento me pregunté qué debía hacer: ¿debo confiar en la palabra del cliente? ¿Qué opciones tengo? ¿Puede mi decisión perjudicar al cliente a la hora de utilizar la traducción jurada del documento?

¿Debo confiar en la palabra del cliente?

En mi opinión, la respuesta es que depende. Depende de si conocemos al cliente o no, de si lo que nos contesta coincide con lo que nosotros mismos habríamos deducido por el sentido del propio texto, de si el cliente tiene información extra por conocer la lengua oficial del país (cuando se trata de países no anglófonos), etc. Depende, desde luego, de miles de factores.

En la tesis de la traductora Catherine Way sobre la traducción jurada de documentos académicos, se dedica un breve apartado a la relación del traductor jurado y el cliente. En él, incluye una breve tabla con los resultados tras encuestar a 50 traductores jurados de diferentes rangos de edades, estudios y acceso al nombramiento. De esos 50 traductores, 41 reconocieron que, ante la duda, acudían a preguntar al cliente, 8 afirmaron no hacerlo, y 4 no respondieron. A la pregunta de si se confía en la respuesta del cliente, contestaron lo siguiente:

Confianza del traductor en la opinión del cliente

Confianza del traductor en la opinión del cliente

Como se puede observar, las respuestas son dispares, y tan sólo en un caso se confía al cien por cien siempre en la respuesta de los clientes. Sin embargo, la mayoría confían a veces o a menudo.

¿Qué opciones tengo?

Entre otras, podemos recurrir a alguna de estas opciones:

  • Confiar al cien por cien en la palabra del cliente y traducir acorde a ello.
  • En algunos casos podremos constatar casos parecidos con otros traductores conocidos o en internet, pero no siempre encontraremos ayuda de ese tipo si se trata de un problema de redacción en el texto origen que provoca ambigüedad. Si podemos contrastar la información con otros, podremos tomar la decisión en función a la información dada por el cliente y la que nos han ofrecido otros compañeros.
  • Otra posibilidad es mantener una traducción fiel al texto original e indicar en una nota la aclaración del cliente. De este modo no se podría aducir que nuestra traducción es inexacta respecto al original.
  • Confiar en nuestra experiencia e intuición y traducirlo como nos dice la lógica del propio texto, coincida o no con la opinión del cliente.
  • Ignorar el consejo del cliente y mantener la misma ambigüedad del texto original.

¿Puede mi decisión perjudicar al cliente a la hora de dar uso a la traducción jurada del documento?

Depende, pero en algunos casos sí. Es el caso del documento bancario del que he hablado antes: al tratarse de un documento que el cliente posiblemente va a utilizar para adquirir un bien en España, traducir de forma ambigua un término que afecta a la cantidad del saldo de su cuenta bancaria, puede ser determinante a la hora de que la traducción jurada surta su efecto legal. Por otra parte, si se decidiese añadir una nota indicando la información que ha dado el cliente, puede perjudicarle el hecho de que sea él mismo quien da la información y no su banco, aunque ésta sea cierta.

Mi decisión la fundamenté en varios aspectos: la opinión del cliente, la opinión de otros compañeros traductores jurados de cuya experiencia más amplia que la mía me fío, la lógica del texto y mi sentido común.

En este caso, el resultado coincidió con la información dada por el cliente y de no haber tomado tal decisión, mi traducción podría no haber cumplido el propósito que de ella se esperaba.

En conclusión, debemos ser precavidos por la responsabilidad legal que tenemos como fedatarios públicos, pero no por ello caer en el error de pecar de literalidad y, con ello, perjudicar al cliente con el resultado.